La activista y periodista Zinthia Álvarez Palomino llamó a cuestionar la idea de meritocracia y a analizar las violencias desde una perspectiva interseccional, señalando el peso de la historia, la colonialidad y las estructuras de poder en la vida de las personas.
En el marco de un ciclo de formación sobre violencias de género, la activista antirracista y periodista Zinthia Álvarez Palomino propuso una lectura crítica sobre el cruce entre género, racismo y desigualdad, poniendo en el centro la necesidad de abordar estas problemáticas desde una perspectiva interseccional.
Álvarez partió de su propia experiencia como mujer migrante del sur global para situar su intervención: “No todas las personas partimos del mismo lugar”, sostuvo, al cuestionar la idea extendida de meritocracia que atribuye el éxito o el fracaso exclusivamente al esfuerzo individual. Según explicó, este enfoque invisibiliza las condiciones estructurales que atraviesan a las personas, como el origen, la clase, el género o la racialización.
En ese sentido, remarcó que las desigualdades actuales no son casuales, sino que responden a procesos históricos vinculados a la colonización, la esclavitud y la construcción de jerarquías sociales. “Hay cuerpos que han sido históricamente situados en posiciones de subordinación y otros en lugares de privilegio”, señaló.
Interseccionalidad: una mirada que complejiza las violencias
La expositora retomó el concepto de interseccionalidad para explicar cómo distintas formas de opresión —como el racismo, el sexismo o la desigualdad de clase— no actúan de manera aislada. En ese sentido, citó una de las formulaciones más difundidas de esta teoría: “cuando estas opresiones se cruzan, no se suman: se multiplican”. Esta idea remite a la teoría de la interseccionalidad, acuñada por Kimberlé Crenshaw en 1989, y fue retomada para dar cuenta de cómo las desigualdades se potencian entre sí.
Desde esta perspectiva, planteó que las experiencias de violencia son diversas y están atravesadas por múltiples factores, por lo que no pueden analizarse de forma fragmentada. “Hay vidas que son menos dignas dentro de este sistema, y eso tiene que ver con cómo operan estas estructuras”, advirtió.
Álvarez también hizo foco en las formas de violencia menos visibles, aquellas que se expresan en lo cotidiano, en los discursos y en las instituciones. Señaló que muchas de estas prácticas están normalizadas y, por eso, resultan difíciles de identificar.
Entre ellas mencionó la violencia institucional —como el acceso desigual a derechos o la falta de credibilidad en denuncias—, la violencia simbólica —a través de estereotipos y representaciones— y la violencia cotidiana, presente en actitudes, comentarios o prácticas que refuerzan la exclusión.
Además, subrayó que estas violencias afectan de manera particular a mujeres negras, afrodescendientes y migradas, quienes enfrentan mayores obstáculos en el acceso a la protección, la salud, el trabajo y la justicia.
Historia, poder y disputa de sentidos
Para la activista, comprender estas dinámicas implica reconocer el peso de la historia y las estructuras de poder que siguen operando en la actualidad. “No es una cuestión individual, es una construcción social que sigue reproduciendo desigualdades”, sostuvo.
En ese marco, también alertó sobre el avance de discursos de odio y la legitimación de miradas racistas, especialmente en entornos digitales, donde —según señaló— se amplifican las violencias hacia determinados cuerpos.
Frente a este escenario, llamó a fortalecer la respuesta colectiva y a disputar sentidos en los mismos espacios donde se reproducen estas prácticas. “La interseccionalidad nos permite entender que no todas vivimos las violencias de la misma manera”, concluyó.


