Porley recorre en esta entrevista su trayectoria: desde sus inicios como corresponsal en Durazno hasta la lucha contra la censura previa en el Palacio Lapido. Un testimonio imprescindible sobre el compromiso ético, el rol de la APU y el periodismo como herramienta de libertad
A sus 80 años, Rodolfo Porley mantiene la lucidez de quien ha hecho de la noticia una trinchera. En diálogo con APU.uy, el veterano periodista recuerda cómo la Agencia Nacional de Informaciones (ANI) le abrió las puertas al oficio a los 17 años y cómo, décadas después, el diario El Popular se convirtió en el escenario de una batalla cotidiana contra los censores de la dictadura, quienes obligaban a 'fresar' el plomo de las rotativas dejando huecos de silencio en el papel. Entre la militancia estudiantil y el horror de la desaparición forzada, Porley reivindica la comunicación como un derecho inalienable del pueblo.
El despertar en Durazno
¿Cómo fue su primer vínculo con el periodismo?
Empecé a los 17 años, en 1963, en mi Durazno natal. Tuve mucha suerte: mi profesor de Geografía Humana, Luis Fernández Balthazar, era corresponsal de la Agencia Nacional de Informaciones (ANI). Él era un veterano y decidió dejar el oficio, ofreciéndomelo a mí. Yo era un estudiante muy activo en la Federación de Estudiantes del Interior (FEI) y tenía vínculos con el Partido Comunista y el naciente Frente Amplio. Ahí nació mi pasión; cubría todos los rubros del departamento aprendiendo sobre la marcha.
Usted menciona un "diario mural" que fue pionero en su época…
Sí, fue por necesidad. En 1961 ocurrió el secuestro de Soledad Barrett (nieta del escritor Rafael Barrett), a quien marcaron con esvásticas. La prensa tradicional no informaba sobre estos brotes filofascistas. Entonces, en el pizarrón del Liceo Departamental, hice un diario mural con recortes de Época y El Popular. Fue una experiencia de comunicación creativa que llegó a hogares que jamás hubieran leído esos diarios.
El rigor y la ética profesional
¿Cómo llega a la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU)?
Cuando me vine a Montevideo para trabajar en El Popular, lo primero que hice fue ir a la APU. Hablé con la Secretaría General porque necesitaba un carnet que me acreditara. Aún conservo ese carnet de cuero; me hacía sentir seguro. La APU siempre tuvo esa actitud de apoyo activo a los periodistas más jóvenes y a los que veníamos del interior.
Usted le dio un vuelco a la sección de "policiales", ¿cómo fue ese proceso?
La crónica policial era puro amarillismo. Yo entendí que la fuente debía ser jurídica, no solo el hecho de sangre. Recuerdo una cobertura de las inundaciones del río Yí donde resalté la "epopeya popular" del trabajo voluntario. En otra ocasión, logré confirmar que un juez había liberado a un sospechoso porque la policía lo había torturado. Mientras otros diarios seguían con la "novela" sensacionalista, nosotros dábamos la información judicial real. Por eso recibí el Premio Nacional de Corresponsales.
Resistencia bajo la dictadura
¿Cómo se hacía periodismo en El Popular bajo la censura previa?
Era una lucha contra el reloj. Teníamos que llevar las pruebas de página a una comisión secreta de inteligencia para que las revisaran. Muchas veces, para llegar a tiempo a los ómnibus que llevaban el diario al interior, imprimíamos antes de que volviera el censor. Si nos prohibían una nota cuando la página ya estaba armada en plomo, teníamos que "fresar" (borrar) el metal. Así salía el diario con espacios en blanco, que eran huellas históricas de la censura.
Usted pasó por el centro clandestino "300 Carlos". ¿Cómo recuerda ese período?
Fui detenido a fines de 1975. Estuve tres años y medio preso, pero lo peor fue el inicio en el Galpón 4 del Servicio de Material y Armamento, el "300 Carlos" o "Infierno Grande". Allí éramos "desaparecidos forzados". Estábamos encapuchados todo el tiempo, privados de los sentidos, perdiendo la noción del día y la noche bajo tortura.
¿Qué valor le asigna a la comunicación en esos contextos?
En vida confirmamos una vieja verdad: la comunicación es estratégica para un régimen de fuerza, por eso intentan suprimirla. Nosotros hacíamos redacciones clandestinas y matrices ocultas. La palabra puede ser una bala muy pesada cuando se reprime el derecho de informar y ser informado.


