Ver la obra “RICARDO III” en el Galpón de estos tiempos nos lleva a preguntamos cuántos Ricardos se estarán reproduciendo por el mundo. Una interrogante que sin dudas debe haberse planteado el director de la obra, el brasileño Fernando Philbert, antes de llevar a escena a “Ricardo III” de William Shakespeare, por la memoria de Aderbal Freire y siguiendo sus pasos.
A esta interrogante se le suma la realidad histórica mundial en la que juega un rol protagónico la lucha de poder, las falsas noticias, la violencia en todas sus formas, las guerras, situación que sin dudas nos reafirma que muchos Ricardos pululan por el mundo en este preciso instante, con tanta impunidad para llevar a cabo acciones que afectan los Derechos Humanos y la Paz mundial.
Los clásicos siempre serán actuales si, justamente, reflejan la realidad histórica de los Pueblos y vaya si Shakespeare fue un visionario en su época y en la nuestra con su Ricardo III, que se mira y se refleja en el espejo de esta época, y de todas las épocas por venir.
Al entrar a la sala se observa en el escenario sillas ubicadas unas encima de la otra, sobre dos mesas enormes en el centro de la escena, aún sin comenzar la obra impactan el frío y la quietud de los metales desordenados.
Uno obligatoriamente se detiene a observar la escenografía antes de comenzar la obra, cosa que generalmente sucede pero con el accionar de los actores que interactúan con la escenografía. Pero en este caso, desde el comienzo, la escenografía en sí misma, tiene un mensaje.
Ese mensaje implícito existe en el “desorden escénico” que nos da la pauta de que la obra no comienza, sino que continúa, porque justamente ese “desorden escénico” marca una acción previa.
Luego la llegada de “Ricardo III” bien encarnado en Héctor Guido, que fue in crescendo en su personaje hasta llegar al ser macabro y cruel Ricardo, que durante el transcurso de la obra no ocultó nunca su falsedad.
Excelente su metamorfosis justamente antes poseer la corona y sentarse en el trono, instante donde el personaje olvida por completo las mentiras, los engaños, las muertes, en definitiva, cuanta sangre derramada en el camino para ese desenlace, que no termina ahí, necesariamente.
Y luego… la danza de los personajes en torno a esa crueldad impuesta para lograr el poder, títeres de la ambición de Ricardo que los manipula sin piedad, con suspicacia, falsedades y mentiras.
Los personajes no desconocen esa realidad pero son rehenes, cómplices de la destrucción y de la muerte.
Por otro lado se destaca la escena de las mujeres, con la Reina Margarita (Gloria Demassi) la Reina Isabel (Claudia Trecu), y la Duquesa de York (Lila Garcia) que en esa semblanza logran la unión y la lucha, escena en que simbólicamente afilan sus dagas en el trono de metal, representando la fuerza que las une por un fin en común: derrotar a Ricardo III.
Todos los personajes son espectadores y protagonistas del desenlace, y se unen para actuar en defensa de todos contra el poderoso enemigo Ricardo III.
Se ve flamear la sangre, la resistencia persiste, firme, se rompen los hilos que los oprimen, se derrumban el castillo y la puesta en escena de Ricardo cae como el frío metal que lo rodeó.
Y el final llega, pero sin perder nunca la presencia del actor, siempre al lado de su personaje.


