La reportera fue asesinada mientras cubría los bombardeos en el sur del país. El ataque se produjo en dos fases —primero su vehículo, luego el lugar donde buscó refugio—, lo que refuerza las denuncias de un accionar dirigido. El gobierno libanés lo calificó como crimen de guerra y de lesa humanidad.
La periodista libanesa Amal Khalil fue asesinada en la localidad de At Tiri, en el sur del Líbano, mientras realizaba su trabajo informativo en medio de los bombardeos israelíes. No fue una víctima colateral: la secuencia del ataque revela un patrón que ya no admite ambigüedades.
Según la reconstrucción de los hechos, el primer impacto alcanzó el vehículo en el que se trasladaba. Tras el ataque, Khalil intentó resguardarse en una vivienda cercana. Minutos después, ese mismo lugar fue bombardeado nuevamente, provocando su muerte. Junto a ella, la periodista Zeinab Faraj resultó herida y logró sobrevivir, mientras que otras dos personas murieron en la misma ofensiva. Equipos de rescate denunciaron además disparos contra una ambulancia, lo que dificultó la asistencia.
Israel reconoció el ataque, apelando al argumento habitual de “objetivos sospechosos” y “amenazas para sus tropas”. Sin embargo, la doble acción, primero el vehículo, luego el refugio, refuerza las denuncias de un ataque directo contra una trabajadora de prensa.
Desde Líbano, la respuesta fue contundente. El presidente Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam calificaron el asesinato como un “crimen de guerra” y “de lesa humanidad”, denunciando que los ataques contra periodistas buscan “ocultar la verdad sobre las agresiones israelíes”.
El asesinato de Amal Khalil se suma a una lista creciente de periodistas muertos en contextos de guerra, en un escenario donde informar desde el terreno se convierte cada vez más en una sentencia de muerte.


